Recopilación -El flan que grita-

No sabía cual de todas las voces que le gritaban en su cabeza era la que escribía. Lo que tenía claro era que su cuerpo no le ayudaba apenas con la abrumadora cantidad de síndromes de abstinencia que le intentaban volcar, que le conducían irremediablemente hacia esas agudas y chirriantes risas malvadas.

Un jueves de la primera semana de su nueva vida «más sana», un flan de huevo, con su cobertura dorada de aluminio plegado, su ingenioso cartón sujetando las dos raciones que quedaban, esa suculenta foto que te precipitaba sin piedad a probarlo, gritaba desde la nevera. 110 gramos, casi 800 kilocalorías, las 23:11 de la noche, hora en la que está totalmente castigado por las células de tu cuerpo cualquier tipo de azúcar, y el flan seguía desquiciado, chillando barbaridades desde la cocina aún iluminada, como si necesitara probar la lengua de la joven, quería formar parte primero de una cucharilla de café <a más pequeña, más tiempo, más placer> luego de la boca que tanto hizo por renegar de sus súplicas, y luego, inevitablemente, de esos malditos números en la báscula, que le supondrían tanto lastre a la hora de ascenderlos por cualquier ruta vertical.

Resiste pequeña, y aún no sabe cómo, se acostó agotada por el aeróbico de esa mañana, por el cansancio de luchar todo el día con cada una de las voces internas, y superó el cuarto día sin probar flan alguno.

Elena

3-Abril-2014

Recopilación -Cariño acumulado-

Llevaba ya tiempo rechazando invitaciones a cobijos que en otro tiempo le habrían calmado la abstinencia de abrazos.

No parecía verse convencida por ningún anfitrión de noches de luna creciente.

Mucho no importaba, cuando por fin la esperanza de anudarse con otras piernas le iluminaba el cielo contaminado, empujaban su cansado cuerpo que caía apresurado sin línea de vida que le salvara del estruendo contra realidades cada vez más heladas.

Empezaba a olvidar como era eso de sentir el juego con otros labios, no importaba cuan lejos quedara el calor, se había negado en rotundo [ y era la primera vez] a prostituir su cariño a la primera de cambio.

Esto derivó inevitablemente en muchísimas ensaladas para uno, en descontrolados atracones por ese tan conocido sustitutivo de, el chocolate.

Comenzaba a ver espejismos en cualquier hombre de dieciocho a cuarenticinco años que pudiera calmar sus necesidades. Dábase cuenta de que no servía ninguno, puesto que no necesitaba más pantomimas de pasión, quería sentir realmente el significado más profundo de la palabra.

Se acumulaba sin mesura ninguna dentro de su círculo energético una bestialidad inimaginable de caricias. Regalábase algunas a ella misma, perdiánse otras en las ilusorias historias que venían y se iban tan rápido que su manos se quedaba aguardando en el aire a que alguien la recibiera.

No se sentía triste, más bien más libre que nunca, le invadía tanta felicidad que le parecía un desprestigio para la humanidad no compartirla con alguien.

Descubrió en algunos de sus escritos la esencia de su conflicto interno. Había aprendido a amar en libertad, tanto que ya no podría amar nunca más de otra forma.

Eso limitaba a un porcentaje mínimo sus posibilidades de besar.

Elena

9-Junio-2014

Recopilación -Felizmente indecente-

Pasaba por alto protocolos absurdos en determinados aspectos de su vida. En este preciso momento, sobre todo, se negaba a morderse la lengua. Llevaba semanas en las que la felicidad, producto de la infante inocencia, se sobreponía a cualquier inconveniente; Enseñando se había dado cuenta de todo lo que aprendía de ella misma. Palabra a palabra se iba descubriendo, grito a grito, mirada a mirada…

Sustituyó rápido indirectas por tal vez un tanto inesperadas directas; esperadas por parte solo de aquellos que más la conocían. No sabía que hacer con tanta luz en su interior, necesitaba regalarla a raudales, pero no quería repartirla como si fueran caramelos en la calle, así que día a día, iba acumulándola, guardándola en piedras, en poemas, en relatos, en dibujos, en ideas, en pasos, en melodías…

Le había cortado por completo las respuestas fisiológicas, su cuerpo vivía en una espera absurda, de la que ella sabía innecesaria. Cuando quería mostrarse transparente, entregada, desvergonzada, descarada, así, como era ella… la gente echaba abrumada un paso atrás. Solo los que valieron la pena supieron como sobrellevar esa indecencia, propia de una muchacha de todo, menos señorita.

Elena

23-Junio-2014

Recopilación

Cada día hacía su filtro más pequeño, dejaba pasar al interior de su cama a menos gente. Aspiraba a que le dieran más o menos lo que ella pensaba que podía ofrecer, y su altísimo y jodido ego creía que era demasiado para lo que pretendían darle. Por eso andaba sola. No le preocupaba, no le hacía infeliz, solo que sus esquemas se rompieron, que no sabía que sería tanto el tiempo empleado en encontrarse a sí misma, en descubrir que su payasa fachada fuerte, indestructible y dura “como una roca”, esa frase que tanto había repetido desde que apenas sabía hablar…le iba a cerrar esas puertas que intentaran entornarse para observar el interior de una joven demasiado segura de sí misma.

Todo fachada, es todo una gran puesta en escena, es fuerte, pero eso no quita de sus aires tiernos que tanto olvida el que le ve colocarse el casco y sacar la espada al primer contratiempo. Sabe luchar contra lo que venga, pero cree indispensable para sentirse completa el retornar cada noche a su lado más débil. No será nunca una frágil señorita a la que haya que proteger, eso que tanto les gusta a los machos de la puñetera actualidad, pero ¿a ternura? a ternura no le gana ni dios… y eso se ve olvidado.

No hay oportunidad de caricias, no existe tez tumbada sobre su pecho desnudo, acariciando cada vez más ensimismados pezones, no caben desayunos por la mañana, esos que tanto le gusta hacer para quien quiera compartir su noche, no se dan abrazos por la espalda por el viento helado, no hay juegos con los dedos de otros, no hay albas en las que otro enfrente ya había despertado su mirada en ella, y la recorría cual leon aguardando y saboreando su presa, esperando el momento justo para atacarla. ¡No hay cosquillas! y eso puede que sea lo más triste de todo… No hay besos robados, caricias inesperadas, ni miradas embelesadas, no hay nada de esa parte tierna que la muchacha desesperadamente pedía a gritos… Pero no lo hacía como cualquier señorita, no pidió ternura con ternura…Lo hizo con el casco puesto y empuñando la espada, y muchos pensaron que podían morir en el intento, no les valía la pena intentarlo.

No es lo mismo abrazar a un osito de peluche que a una misteriosa armadura de metal.

Pero algunos ositos de peluche guardan escorpiones por dentro, y algunas armaduras de metal están hechas de merengue y chocolate, y mariposas de juguete super suaves.

Que os peten cobardes…que sois unos COBARDES

Elena

23-Junio-2014

Des-lunado

Los azulejos, que ya no hacían honor a su nombre, se teñían de un granate desgastado por el sol y la lluvia, y de un beige olvidado, que ya no se ve a causa de los tintes amarronados de sus juntas. Manchados por las huellas de los años, conforman los barrotes que tapan tras la ventana los montes y el horizonte.
Se intuye el sol detrás de los altos cubos decorados con sábanas blancas, y toldos verdes, pero no de un verde como el de los prados del Norte…no, un verde irreal, ficticio, aislado, inventado… Solo la ciencia de la naturaleza magnifica mi idea de paisaje, en contra se oponen las fincas, los ruidos y las calles.
“Deslunado”, sí hace honor a su nombre. Le han quitado el reflejo del rey de los Astros, le han privado de ser brillante; le han escondido a la luna, por no ser digno para ella. Ella es grande, cuando se acerca sobre todo. Es menguante, y se esconde, es la roca su compañera, y no estas piezas… no esta mierda.
Y se va un día más el sol entristecido. A penas le he visto y ya se ha ido. Pero, ¡espera! ¡ya le oigo cantar!, cual rata sigue a su flautista, yo persigo a Don Lorenzo. Hoy veo más próximo alcanzarlo, sin notarlo… lo siento cercano, lo siento en mis manos.

Elena

10-Enero-2015

La salvación

Observaba con mirada preocupada a los viandantes, que apresurados por el tráfico mental que solía atascarles por las mañanas, se reflejaban en los contaminados charcos del asfalto. Escuchaba trozos sin sentido de conversaciones y disfrutaba imaginando de dónde habían salido y a dónde conducían esas palabras que permanecerían ya por siempre en el aire. Millones de letras y frases a mitad, flotaban encima de cualquier calle, como esperando a que alguien pasara por debajo y las escuchara.

La joven era la destinataria de todas esas palabras perdidas, era la encargada de fijarse en los carteles abandonados y ya sin luz de locales en quiebra, de leer las matriculas de coches desguazados, o de distinguir el pequeño trozo de plástico en el suelo que algún día formó parte de una bolsa de papas.

Era una romántica, en cierta parte, no alcanzó nunca el límite fatalista de los originales, pero su pasión por los detalles, los amores prohibidos, lo distinto, esa solución alternativa a la racionalidad de la época… Sentir. Pasión por sentir, por emocionarse, por amar, por besar, por llorar, por gritar, por cantar… eso era ella, era arte, era valentía y cobardía al mismo tiempo. Porque eso es arte, es el equilibrio del desequilibrio.

Hoy se levantó cual viajera frente al mar de niebla. Salió y se topó con una espesa humedad en el ambiente que la llevaría ya sin remedio a un llanto ahogado de desesperación absoluta. Como asfixiada por una soga gruesa de esparto trenzado, sollozaba en el intento de introducir una bocanada de aire en sus pulmones. Tragaba lágrimas saladas, soltaba agridulces gemidos, vestía una manta de cuadros sobre los hombros y mechones despeinados en el rostro hinchado, mojado, colorado. Su look del martes era el propio de aquella excéntrica jovencita que alternaba todo tipo de drogas y promesas, que se enamoraba un día de la soledad, de la libertad y pataleaba al siguiente por la misma razón.

Sus desvaríos mentales eran probablemente el porqué de sus frías noches. Los ataques de ansiedad de los que empezaba a ser consciente suponían un nuevo conocimiento de sí misma que la estaba descolocando.

La joven siempre había estado subida en un pedestal. Siempre pensó que era necesario para sobrevivir. Hoy se caía apresurándose al vacío, mañana intentaría escalar un cacho, pero probablemente cayera otros cuantos metros al día siguiente, y así uno tras otro, pasaban los meses de su nueva y desbaratada vida, la cual parecía una cordillera llena de altibajos, y no ese puñetero camino empedrado y con bancos para descansar que tanto le pintaron de pequeña en los cuentos.

El mundo se empeñaba en repetirle lo fuerte y segura que parecía, lo bueno de sus ideas, lo brillante de sus acciones… Ella veía tremendamente insuficiente su labor, se creía parada en un abismo de prisas hacia la nada, de caladas a los momentos, de consumiciones apresuradas de días y horas. Tenía claro que no necesitaba compartir su fortaleza, sus pensamientos, sus actos, para que fueran reales, sabía que solo era necesario su propio apoyo para seguir adelante, jamás dejaría que alguien la hundiera en algo, por mucho amor que sintiera, por muchos lazos de sangre que le unieran. Pero aún y todo, sentía una nostalgia irremediable de regalar poemas, de deleitar con desayunos inesperados o masajes a deshoras, o risas absurdas extraídas a la nada… quería sentir las cosquillas del no tocar, las caricias desde la otra punta del salón, los besos de voz en sus oídos… quería sentirlo tanto, tantísimo, que se ansiaba y sentía no tenerlo; pero recurría al papel, aún había esperanza, la salvación llegaba con la tinta negra de aquel bolígrafo, que rozando la blancura de los folios, inventaba las historias que no tenía.

Elena

9-Abril-2014

La mujer fantasma

Floreció dentro de ella en una primavera mágica, cuando solo tenía dieciocho años. Una vez llegado el otoño todo se marchitó, los árboles, tristes y melancólicos, comenzaron a llorar hojas en compañía de lágrimas que, frías y aliviadoras, recorrían la piel tersa y suave de una joven que no entendía nada. Al igual que vino se fue y eso la consumía por dentro. No se despidió y, en el banco donde cada tarde se regalaban caricias y besos, esperó a alguien que nunca llegó. Y allí mismo, en el lugar donde había sentido correr la sangre por sus venas por primera vez, cabo una tumba y lo enterró de por vida. Era el primero y simplemente sería el único.

Su decepción fue tan grande que su cuerpo se olvidó de vivir, su corazón no volvió a latir intensamente y su alma se juró no amar de nuevo nunca jamás. El día que comprendió que el amor solo es un espejismo que nos hace más débiles, una palabra más a la cual el viento hace volar y que muy pocas veces acaba siendo eterno, ese día, en aquel momento, decidió no caer más en esa trampa y jamás volvió a enamorarse. Su vida transcurrió entre cuerpos de hombres, miles de noches en camas distintas, follando como si se acabase el mundo. Tuvo todo el sexo que deseó, pero nunca volvió a disfrutar de caricias tan cálidas, de esos besos tan apasionados que la hacían volar tumbada en una cama, jamás sintió de nuevo la sensación indescriptible de unos labios recorriendo su cuerpo con la suavidad, ternura y sensualidad con la que aquel hombre la hacía sentirse amada, nunca jamás su alma volvió a viajar a lugares desconocidos con un simple abrazo.

La adolescente creció, su cuerpo envejeció y los hombres dejaron de encontrarla atractiva. “La Mujer Fantasma” le llamaban en su barrio porque sabían que existía, pero muy pocos fueron los que la vieron. Murió sola, triste y amargada, sin calor, sin amor, sin nadie que llorase su muerte, pero lo más doloroso para ella, lo que le hizo morir de pena antes de cumplir los sesenta, fue una noticia que días antes llegó a sus oídos y de la cual no pudo sobreponerse, era una información que tiró por la borda todos sus principios, y la hundió todavía más en sus miserias. Cuarenta años después, aquel hombre que le había robado el corazón, apareció a orillas del pantano, que por aquel momento yacía prácticamente seco por el intenso verano, dejando a la vista de cualquier transeúnte una motocicleta, el esqueleto de su conductor y unos metros más allá, dentro de una mochila, una pequeña caja con un alianza dentro y el nombre de ella inscrito en él.

Habían pasado cuatro décadas desde que una tarde él no apareciera y ella simplemente no hiciera nada por encontrarlo. El mismo día en el que él iba a declararle amor eterno un golpe del destino quiso que ella dejara de creer en el amor para, finalmente, morir por éste.

MÍA

           Esa noche era diferente. El palpitar constante entre sus piernas despertaba una inquietud que la devoraba por dentro. Trataba de evitar esa oscura tentación pero era poderosa, muy poderosa. Su mano se deslizó casi involuntariamente y ella notó el tacto de su fina lencería descendiendo sus piernas. Un ligero rubor doró sus mejillas, se llevó los dedos a la boca mojando sus labios carnosos lentamente. Sentía la sensualidad como un instinto animal surgiendo de la cueva donde se ocultaba. Algo en ella despertaba. Al abrir las piernas la dormilona de satén acarició sus muslos haciéndola estremecer y sus manos comenzaron a explorar. Las yemas de sus dedos recorrían su carne rosada, un impulso la incitaba a moverse pero debía tener cuidado de que no la oyeran. Al acordarse, un escalofrío la recorrió de arriba a abajo, ya no podía parar. El calor la sumergía en un baño de placer, las burbujas estallaban en su imaginación llenándola de sensaciones jamás antes degustadas, intensas emociones que la guiaban entre un sinfín de ideales, derramando sobre las ingles sus ardientes deseos.

         Topó con sus senos, turgentes y esponjosos; sus pezones, pequeños y duros como fúlgidos diamantes clamaban el roce de su piel. Un sollozo resbaló de sus labios al notar su mano pellizcándolos con fuerza. Perdió el control sobre su cuerpo. Solo sentía los latidos del clítoris bajo sus dedos empapados en pasión, las uñas arañando su piel, el fuego húmedo perturbando sus genitales, su vulva agrandándose exigiendo más, sus piernas cada vez más abiertas, el sudor entre sus senos. Los dedos resbaladizos hacen su último esfuerzo, convulsiones y chispas bombardean todo su cuerpo. Su espalda se eleva creando el culmen del placer. Gemidos ahogados. Éxtasis. Una sonrisa suspirada se dibuja en su rostro mientras ella queda flotando entre las danzantes olas del orgasmo.

IDA

          Cabellos azabache cubrían su rostro níveo empapado en sudor. Una presencia perturbaba su alma, antes pura y cristalina. Pensamientos macabros poblaban su mente y turbaban su infantil cordura. Salió de su dormitorio dirigiéndose al cuarto contiguo, su madre dormía profundamente. Fijó en ella su atenta y gélida mirada– adiós, mamá- susurró, y dejó que el filo del cuchillo deslizara su último suspiro.

      Caminó sigilosamente por el angosto e interminable pasillo. En el salón, los hilos, como lianas, tejieron el arrugado cuello de la anciana, agotando su ya cansado corazón. Tras la agonía, la niña se recostó, lentamente, sobre el lecho húmedo de su madre. Una retorcida sonrisa se hizo paso entre su enmarañada cabellera.

       Así, en el silencio trastornado por el inquietante balanceo de la mecedora se durmió, mientras sus sueños, se teñían del color de la sangre.